Tomás Noticias

Mujeres que sostienen la palabra

Escrito por Dirección de Comunicaciones | Mar 4, 2026 7:14:28 PM

(Inspirado en El infinito en un junco) Roberto A. Cardona O. * - Director de Humanidades

Cuando leemos El infinito en un junco, de Irene Vallejo, podríamos pensar que estamos ante un libro sobre papiros, bibliotecas antiguas y emperadores obsesionados con coleccionar textos. Y sí, todo eso está allí. Pero si lo leemos con calma —como quien conversa sin afán en un café de nuestras ciudades o pueblos colombianos— descubrimos algo más profundo: una historia de voces que se negaron a desaparecer. Y entre ellas, las voces de las mujeres.

Con un tono cálido y cercano, Vallejo va dejando huellas, como quien siembra semillas. Una de las más poderosas es la historia de Enheduanna, sacerdotisa de la antigua Mesopotamia que firmó sus textos hace más de cuatro mil años. Pensémoslo bien: firmar en esa época era un acto de valentía. Era decir “esto lo escribí yo” en un mundo donde la escritura era privilegio de pocos y casi siempre de hombres. Incluso antes que Homero, ya había una mujer dejando su nombre inscrito en la historia. Gran inspiración: atreverse a existir públicamente, aun cuando el entorno lo negaba.

Más adelante aparece Safo, y con ella otra forma de fuerza. Mientras los grandes poemas hablaban de guerras y héroes, Safo habló del amor, del deseo y de la emoción. Cambió el foco. Nos recordó que lo íntimo también es importante. Ese gesto, que podría parecer pequeño, es revolucionario. Es como cuando alguien decide contar la historia desde la vereda, el barrio o la cocina, y no solo desde el palacio. Es abrir espacio para otras miradas, para otros mundos posibles.

También se rescata de El infinito en un junco la multitud de mujeres anónimas que sostuvieron la memoria sin figurar en los registros oficiales. Mujeres que contaban historias a sus hijos y nietos, que repetían mitos mientras tejían o hilaban, que transmitían saberes sin haber pasado por una escuela formal: verdaderas tejedoras y cuidadoras de la palabra. Si la escritura fue poder, la oralidad fue resistencia.

Y en América Latina sabemos mucho de esto: abuelas, como las de Soacha o como las Madres de la Plaza de Mayo, que han convertido el dolor en dignidad y la memoria en denuncia; mujeres que narran el pasado para que no se repita y para que la justicia no sea solo una promesa. Ese liderazgo silencioso y firme lo reconocemos en nuestras abuelas, madres, hermanas, hijas y amigas; en las profesoras que nos enseñan a pensar y en las mujeres que amamos. Es un liderazgo que, sin ocupar titulares ni saturar las redes sociales, sostiene la conciencia de nuestros pueblos.

Vallejo se pregunta por qué, durante siglos, las mujeres tuvieron menos acceso a la educación, a las bibliotecas y a los espacios donde se decidía qué valía la pena conservar. No es una acusación rabiosa; es más bien una invitación a ampliar la mirada. Porque la historia del libro y de las culturas no es solo la historia de grandes nombres masculinos: es también la historia de muchas manos invisibles.

Esta reflexión dialoga con nuestra propia tradición latinoamericana. Pensemos en Gabriel García Márquez. Él mismo reconocía que buena parte de su universo narrativo nació de las historias que le contaba su abuela, Tranquilina Iguarán, quien relataba lo extraordinario con absoluta naturalidad, como si lo mágico hiciera parte de la vida diaria. Esa manera de contar —serena, convincente, sin estridencias— marcó para siempre su creación literaria.

Y al lado de esa raíz estuvo también Mercedes Barcha, su compañera de vida, quien sostuvo el hogar y creyó en él incluso en los momentos más difíciles, cuando escribir era un salto al vacío sostenido apenas por la terquedad. Si hoy el mundo habla de Cien años de soledad, no es solo por el talento individual de Gabo, sino por esa red silenciosa de apoyo y memoria que lo rodeó.

En nuestro entorno resuenan voces potentes: mujeres que hacen historia con sus musas, sus letras y su arte. Ahí está la obra literaria y poética de Elpidia Torres de Rodríguez, cultivada en el Socorro, Santander; la valentía expresiva en las pinturas de Débora Arango; la originalidad narrativa de Laura Restrepo en novelas como Hot Sur; la elocuencia y la ternura en el diálogo íntimo que propone Isabel Allende en su libro Paula; y las magistrales notas al piano de Teresita Gómez, que han llevado la música colombiana a escenarios internacionales.

Reconocer el valor de las mujeres en la cultura, la ciencia y el arte no es solo un ejercicio de memoria, sino un acto de justicia histórica frente a siglos de silenciamiento. Implica leerlas y citarlas con rigor, pero también revisar críticamente las tradiciones establecidas y las estructuras que han marginado sus voces. No se trata únicamente de incorporarlas al relato dominante, sino de permitir que lo cuestionen y lo transformen. Solo así el horizonte cultural puede ser verdaderamente plural y democrático.

Para terminar, invito a escuchar a Irene Vallejo en su conferencia Las mujeres en la historia de los libros: un paisaje borrado, una reflexión que nos convoca a reparar silencios históricos y a reconocer el legado femenino que ha sostenido y enriquecido la cultura escrita, las artes y la ciencia: 🔴ver conferencia🔴

 *Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente el pensamiento ni la postura institucional de la Universidad Santo Tomás.