En el marco de la celebración del Día de Santo Tomás de Aquino, el pasado 28 de enero, la familia tomasina se reunió en torno a la eucaristía como un espacio de encuentro, reflexión y renovación del sentido misional que inspira el quehacer universitario. Esta conmemoración, profundamente arraigada en la identidad institucional, invita cada año a volver la mirada hacia el legado intelectual, espiritual y humano del Doctor Angélico.
Durante la celebración, la comunidad tomasina fue convocada a reflexionar sobre la sabiduría como don, la prudencia como guía del obrar y la búsqueda de la verdad como fundamento de la vida universitaria, valores que siguen orientando el proyecto educativo de la Santoto. La eucaristía se vivió como un momento para reafirmar el compromiso con una formación integral, donde la razón, la fe y el servicio dialogan al servicio de la dignidad humana y el bien común.
A continuación, compartimos el texto de la homilía pronunciada por Fray Marcos Alfonso Calderón Villamizar, O.P., preparada por la Dirección de Evangelización y Cultura, como una invitación a profundizar en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino y su vigencia en la misión universitaria de hoy.
Hermanos y hermanas,
La Palabra que hemos escuchado hoy pone en nuestros labios una oración profundamente humilde y, al mismo tiempo, audaz:
«Oré, y me fue dada la prudencia; supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría» (Sab 7,7).
No dice: estudié y la poseí, razoné y la dominé, sino oré y supliqué. La sabiduría, según la Escritura, no es primero un logro humano, sino un don que se implora.
Esta afirmación ilumina de manera preciosa la vida y la obra de Santo Tomás de Aquino, a quien hoy celebramos. Muchas veces lo recordamos como el gran genio del pensamiento cristiano, el maestro de la razón, el autor de la Suma Teológica. Pero, antes que nada, Tomás fue un hombre de oración, un buscador humilde de la verdad que sabía que la inteligencia solo florece plenamente cuando se deja conducir por Dios.
La primera lectura nos dice algo decisivo: el autor prefiere la sabiduría a los cetros y a los tronos, más que a la riqueza, más que a la salud, más que a la belleza, incluso más que a la luz del día (cf. Sab 7,8-10). Esto no es desprecio del mundo, sino orden del amor. Santo Tomás vivió exactamente así: eligió la verdad antes que el prestigio, la fidelidad al Evangelio antes que el poder, el estudio al servicio de la Iglesia y de la humanidad antes que una carrera brillante.
En su pensamiento, la sabiduría no es simplemente saber mucho, sino saber juzgar todas las cosas desde Dios, desde su sentido último. Por eso, para Tomás, el verdadero sabio no es quien acumula información, sino quien deja que la verdad ordene su vida, su pensamiento y su acción. La sabiduría no se queda en la cabeza: transforma el corazón y orienta la existencia, pues es Dios quien concede «el conocimiento exacto de lo que existe» (cf. Sab 7,15-16).
Y aquí aparece una virtud central en la tradición tomista: la prudencia. Santo Tomás la define como la recta razón aplicada al obrar. La prudencia no es miedo a decidir ni cálculo egoísta; es la capacidad de discernir, en cada situación concreta, qué es lo bueno y cómo realizarlo. Podríamos decir que la prudencia es la sabiduría puesta en camino, la verdad hecha vida. Por eso Tomás enseña que sin prudencia incluso las mejores intenciones pueden extraviarse.
Pero Tomás no fue solo sabio y prudente: fue, ante todo, un maestro. Enseñar, para él, no era exhibir superioridad intelectual, sino compartir con otros la luz recibida. Como bien lo señala el Doctor Angélico: «El estudio nace del amor y conduce al amor; cuando se separa de él, se vuelve estéril» (cf. In Ep. ad Hebraeos, cap. 5, lect. 2).
Y aquí conviene hacernos una pregunta muy actual: ¿para qué universidades?
Vivimos una época en la que la institución universitaria atraviesa una profunda crisis de identidad. No solo por dificultades económicas, sino porque parece haberse debilitado su sentido más hondo. En un mundo saturado de información, dominado a veces por intereses económicos y por un cierto escepticismo frente a la razón, la universidad corre el riesgo de perder su contacto con la sociedad o de reducirse a una simple fábrica de profesionales. Frente a esto, recordar el origen de la universidad es decisivo: nació como una comunidad de buscadores de la verdad. Y hoy esas tres palabras —comunidad, búsqueda y verdad— están seriamente amenazadas por el individualismo, los fundamentalismos y una concepción reducida de la razón.
Celebrar hoy a Santo Tomás de Aquino, en una universidad que lleva su nombre, es recordar que la universidad no existe solo para producir conocimiento, sino para humanizar, para abrir la inteligencia a la verdad y la verdad al bien. En él descubrimos que la razón y la fe no se oponen, sino que se necesitan; que el rigor intelectual no está reñido con la humildad; y que el estudio, vivido con sentido, puede ser un auténtico camino de sabiduría y de servicio. Todo ello a la luz del Evangelio, cuando Jesús proclama: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25), e invita a sus discípulos: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29).
Que nuestras aulas formen no solo profesionales competentes, sino personas sabias, prudentes y comprometidas con la dignidad humana.
Por Fray Marcos Alfonso Calderon Villamizar, O.P.
Durante la celebración de la eucaristía, la Dirección de Evangelización y Cultura realizó la entrega del álbum Grandes Personajes y Santos de la Orden de Predicadores, una invitación a conocer y redescubrir la herencia espiritual, intelectual y cultural de la Orden de Predicadores. Si aún no lo tienes, acércate a las oficinas de dicha dirección.